Los dias de Birmania
Los dias de Birmania Flory se puso en pie. Tenía que cumplir su palabra. El corazón parecía habérsele subido a la garganta y le estaba asfixiando. Por lo que se desprendía de lo dicho por Mr. Macgregor, estaba claro que él era el único que podía garantizar la elección de su amigo. ¡Qué fastidio, menudo embrollo! Se iba a armar un escándalo infernal. ¡Ojalá no le hubiera dado su palabra al doctor! Pero ya no había remedio; se lo había prometido y no podía faltar a su palabra. No hace mucho no le habría costado hacerlo como un bon pukka sahib. Pero ya no era capaz. Había llegado a un punto en el que ya no podía dar marcha atrás. Se puso un poco de lado para ocultar a los demás su marca de nacimiento. Antes de hablar ya notaba su voz vacilante y culpable.
—¿Tiene algo que añadir nuestro amigo Flory?
—Sí. Propongo al Dr. Veraswami para que sea admitido como miembro del Club.
Los demás pegaron tales gritos que Mr. Macgregor tuvo que golpear en la mesa y recordarles que había damas en la habitación de al lado. Ellis no le hizo ningún caso. Se había levantado como un resorte y la piel que rodeaba su nariz había engrisecido. Flory y él permanecían frente a frente, como si fueran a pegarse allí mismo.
—Ahora mismo vas a retirar eso que has dicho, maldito traidor.
—No, no lo haré.