Los dias de Birmania
Los dias de Birmania —¡Canalla! ¡Defensor de negros! ¡Repugnante y rastrero hijo de p…!
—¡Orden! —exclamó Mr. Macgregor.
—¿Pero habéis visto? —chilló Ellis fuera de s×. ¡Nos traiciona por un maldito negro! ¡Después de lo que se le acaba de decir! Lo único que tenemos que hacer es permanecer unidos para que ese tufo a ajo no entre jamás en este Club. Dios mÃo, ¿no se os revuelven las tripas viéndole comportarse como un…?
—RetÃralo, Flory, hombre —dijo Westfield—. No seas idiota.
—¡Puro bolchevismo! —afirmó Mr. Lackersteen.
—No me importa lo que digáis. ¿Quién os ha preguntado? Es Macgregor el que tiene que decidir.
—Entonces, ¿se, ejem, aferra a su postura? —preguntó Mr. Macgregor con pesar.
—SÃ.
Mr. Macgregor suspiró:
—Una lástima. En ese caso supongo que no tengo más remedio que…
—¡No, no y no! —chilló Ellis saltando de ira—. No cedas. Somételo a votación. Y si ese hijo de perra no pone una bola negra como todos nosotros, le echamos del Club y después… ¡Mayordomo!
—¿Sahib? —respondió el mayordomo apareciendo por la puerta.