Los dias de Birmania
Los dias de Birmania Todos se agolparon frente a la ventana. El sampán que habÃa visto antes Flory habÃa cruzado el rÃo y estaba atracado junto a la orilla al pie del césped del jardÃn, y un hombre lo amarraba a un árbol. Un birmano de los de uniforme verde desembarcaba en ese instante.
—¡Es uno de los tiradores de Maxwell! —exclamó Ellis con un tono muy distinto al de antes—. ¡Dios mÃo, ha ocurrido algo!
El guardabosques vio a Mr. Macgregor, saludó apresuradamente con gesto preocupado y volvió al sampán, Otros cuatro individuos, campesinos, desembarcaron y con dificultad sacaron el extraño bulto que habÃa advertido Flory a lo lejos. MedÃa algo menos de metro ochenta e iba envuelto en trapos, como una momia. Algo se revolvió en las entrañas de los presentes. El tirador miró hacia la veranda, vio que no habÃa manera de subir y condujo a los campesinos por el sendero que accedÃa a la parte delantera del Club. Se habÃan colocado el bulto sobre los hombros, como hacen los que portan los ataúdes en los funerales. El mayordomo habÃa regresado a toda prisa al salón, e incluso su rostro estaba pálido dentro de lo que cabÃa; es decir, gris.
—¡Mayordomo! —exclamó Mr. Macgregor con fuerza.
—¿Señor?