Los dias de Birmania

Los dias de Birmania

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—Ve enseguida a cerrar la puerta de la sala de juegos. No dejes que la abran. Las memsahibs no deben verlo.

—¡Sí, señor!

Los birmanos recorrieron con su pesada carga el pasillo. El que iba delante tropezó y estuvo a punto de caer; había pisado una de las bolas blancas que estaban esparcidas por el suelo. Los birmanos se pusieron de rodillas, dejaron su carga en el piso y se quedaron de pie con aire solemne y las manos juntas en señal de respeto. Westfield se había agachado para quitar los paños.

—¡Jesús! ¡Miradle! —exclamó con la voz entrecortada, aunque sin muestra alguna de asombro—. ¡Mirad al pobre hijo de p…!

Mr. Lackersteen se había alejado hasta el otro extremo de la habitación, muy afectado. Desde el momento en que vieron descargar el bulto, todos supieron qué contenía. Era el cuerpo de Maxwell, descuartizado a machetazos por dos parientes del hombre al que él había matado.



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