Los dias de Birmania
Los dias de Birmania Mr. Macgregor concluyó el servicio con voz reverenciosa acorde a las circunstancias, y salió del cementerio con su topi gris (el equivalente oriental del sombrero de copa) contra el estómago. Flory se detuvo junto a la verja, confiando en que Elizabeth le hablaría, pero ella pasó de largo sin siquiera mirarle. Todos habían estado evitándole aquella mañana. Había caído en desgracia; el asesinato había convertido su acto de deslealtad de la pasada noche en algo horrible. Ellis había cogido a Westfield por el brazo y se quedaron cerca de la tumba abierta mientras sacaban sus respectivas pitilleras. Flory podía oír sus comentarios groseros y vulgares.
—Dios mío, Westfield, cada vez que pienso en este pobre hijo de p…, ahí enterrado… Dios mío, se me hierve la sangre. Ayer estaba tan furioso que no pude dormir en toda la noche.
—Una salvajada, desde luego. Pero no te preocupes, que te prometo que colgaremos a un par de los suyos por esto. Matan a uno nuestro, pues hacemos lo mismo con dos de los suyos; es lo único que se puede hacer.
—¿Dos? ¡Tendrían que ser cincuenta! Deberíamos remover cielo y tierra hasta que se consiga un escarmiento ejemplar. ¿No tienes aún sus nombres?
—Casi. Todo el distrito sabe quién lo hizo. Siempre nos enteramos cuando suceden casos de este tipo. Lo difícil es hacer hablar a los malditos aldeanos.