Los dias de Birmania
Los dias de Birmania A todos les ocurría igual, pero les parecía poco decente ir a beber algo al Club inmediatamente después del sepelio. Cada europeo se dirigió a su respectiva casa, mientras cuatro barrenderos arrojaban tierra gris similar al cemento con los mamooties sobre la tumba hasta formar un pequeño túmulo.
Después de desayunar, Ellis salió camino de su oficina bastón en mano. Hacía un calor insoportable. Se había bañado y cambiado de ropa por otra más ligera, pero la hora que había pasado con aquel traje puesto le había provocado sarpullidos. Para entonces Westfield ya había partido en su lancha motora con un inspector y media docena de hombres para arrestar a los asesinos. Había ordenado a Verrall que le acompañase. No es que le hiciera falta su presencia, pero, como el propio Westfield dijo, no le vendría mal trabajar un poco al arrogante jovencito.
Ellis retorció los hombros. Los sarpullidos le producían un dolor inaguantable. Sentía una rabia incontenible en su fuero interno. Se había pasado toda la noche en vela pensando en lo ocurrido. ¡Habían matado a un blanco, a un hombre blanco, esas malditas ratas asquerosas, esos repugnantes cobardes! Aquellos cerdos tenían que pagarlo.