Los dias de Birmania
Los dias de Birmania —¿Qué? ¿Hombres malos? ¿Qué quieres decir?
—Señor, ¡todos los del pueblo están afuera! ¡Bailando con palo y dah! ¡Van a cortar las cabezas de los señores!
Mrs. Lackersteen se echó contra el respaldo de la silla. Chillaba de tal modo que era imposible oÃr al mayordomo.
—¡Venga, cállese! —dijo Ellis bruscamente volviéndose hacia ella—. ¡Escuchad, escuchad eso!
De fuera llegaba un rumor profundo y terrorÃfico, como el gruñido de un gigante enojado. Mr. Macgregor, que se habÃa puesto de pie, quedó rÃgido al oÃrlo y se colocó las gafas sobre la nariz con decisión.
—Aquà pasa algo. Mayordomo, recoja esa lámpara. Miss Lackersteen, ocúpese de su tÃa. Mire si se encuentra bien. Los demás vengan conmigo.
Todos se dirigieron hacia la puerta principal, que alguien, probablemente el mayordomo, habÃa cerrado. Una lluvia de guijarros repiqueteaba contra la fachada insistentemente. Mr. Lackersteen, al oÃr aquello, se escondió detrás de los demás.
—¡Maldita sea —exclamó—, que alguien atranque esa condenada puerta!
—No, no —dijo Mr. Macgregor—. Tenemos que salir afuera. Lo peor que podemos hacer es no dar la cara.