Los dias de Birmania

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Mrs. Lackersteen, que tenía miedo de volver a casa, apoyó con entusiasmo la sugerencia. A veces, cuando les apetecía quedarse en el Club hasta tarde, cenaban allí. Llamaron a dos chokras y, en cuando supieron el encargo que les estaban encomendando, rompieron a llorar. Aparentemente, tenían la certeza de que si salían a aquella hora se encontrarían con el espíritu de Maxwell. En su lugar hubo que mandar al mali. Cuando el jardinero salía del Club, Flory se dio cuenta de que era noche de luna llena de nuevo; habían pasado cuatro semanas desde aquella velada, más lejana ahora que nunca, en la que besó a Elizabeth bajo el árbol.

Acababan de sentarse en torno a la mesa de bridge, cuando se oyó un golpe seco sobre el tejado. Todos se sobresaltaron y miraron hacia arriba.

—Será un coco —dijo Mr. Macgregor.

—Aquí no hay cocoteros —dijo Ellis.

Acto seguido, sucedieron una serie de cosas y todas al mismo tiempo. Se escuchó otro golpe aún más fuerte, una de las lámparas se soltó del gancho que la sujetaba y se estrelló contra el suelo, rozando a Mr. Lackersteen, que se apartó con un alarido, a lo que su señora comenzó a chillar, y el mayordomo, destocado y con la cara del color del café rancio, llegó corriendo a la habitación.

—¡Señor, señor! ¡Vienen hombres malos! ¡Nos van a matar a todos, señor!


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