Los dias de Birmania
Los dias de Birmania Los europeos se reunieron en el Club aquella tarde como de costumbre, excepto Westfield y Verrall, que aún no habían regresado. Todos estaban de pésimo humor. Por si fuera poco el asesinato de Maxwell, el injustificado ataque que había sufrido Ellis (pues no se discutía la veracidad de la versión de éste) les había provocado una indignación sólo comparable al temor que sentían. Mrs. Lackersteen no hacía más que pensar muerta de pánico: «Nos matarán mientras estemos durmiendo». Mr. Macgregor le decía para tranquilizarla, que en caso de disturbios se resguardaba a las damas europeas siempre en la prisión hasta que pasase todo. Pero eso no pareció calmarla lo más mínimo. Ellis no cesaba de insultar a Flory, y Elizabeth le ignoraba por completo. Había acudido al Club con la descabellada idea de arreglar las cosas con la joven, pero la actitud de Elizabeth le hizo sentirse tan sumamente mal que permaneció agazapado en la biblioteca prácticamente toda la tarde. No fue hasta las ocho, cuando ya todos habían tomado unas cuantas copas y la atmósfera estaba menos caldeada, que Ellis propuso:
—¿Por qué no enviamos a un par de chokras a nuestras casas para que nos traigan aquí la cena? Así podríamos quedarnos echando unas manitas de bridge. Es mejor que pasarse toda la noche solos y mirando a las musarañas.