Los dias de Birmania

Los dias de Birmania

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Media hora después, Flory caminaba hacia el Club. Había prometido verse con Mr. Macgregor para discutir el tema de la elección del doctor. Ahora ya no le pondrían ningún problema. Los demás comerían de su mano durante el tiempo que tuvieran presente el absurdo motín; podría haber ido al Club y hacer un discurso a favor de Lenin, que se habrían tenido que aguantar. La agradable lluvia seguía cayendo y le caló de pies a cabeza, llenándosele la nariz con el olor a tierra húmeda y haciéndole olvidarse de los amargos meses de sequía. Entró en el destrozado jardín, en el que el mali, encorvado y con la lluvia golpeando su espalda descubierta, abría huecos en el suelo para plantar zinnias. Casi todas las flores habían sido pisoteadas. Elizabeth se encontraba en la veranda de uno de los laterales, casi como si estuviera aguardándole. Flory se descubrió la cabeza, cayendo un chorro de agua del ala de su sombrero, y dio la vuelta para reunirse con ella.

—¡Buenos días! —dijo alzando la voz debido al intenso repiqueteo de la lluvia sobre el techo.

—¡Buenos días! ¿No va a amainar nunca? ¡Está diluviando!

—Esto aquí no es llover en serio. Espere a julio. La bahía entera de Bengala se desbordará y nos inundará poco a poco, por entregas.


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