Los dias de Birmania
Los dias de Birmania No había dejado de llover y llover en ningún momento. El día después de que Flory regresase al campamento, estuvo lloviendo sin parar treinta y ocho horas, amainando unas veces recordando a la típica llovizna inglesa, y otras cayendo agua a cántaros de tal manera que parecía que las nubes hubieran absorbido el océano entero. El ruido de las gotas sobre el tejado comenzó a resultar desquiciante pasadas unas horas. Cuando momentáneamente escampaba, el sol salía tan implacable como de costumbre, el barro se secaba para resquebrajarse después, y los sarpullidos reaparecían en los cuerpos. Montones de escarabajos voladores habían salido de sus capullos tan pronto llegaron las lluvias; se sufrió una plaga de bichos repugnantes parecidos a los chinches, que invadían las casas en cantidades ingentes, se posaban sobre las mesas y estropeaban todos los alimentos. Verrall y Elizabeth seguían saliendo a montar por las tardes, cuando la lluvia no era demasiado intensa. A Verrall todos los climas le parecían iguales, pero no le gustaba ver a los ponis cubiertos de barro. Así transcurrió cerca de una semana. Todo seguía igual entre ellos dos; no habían intimado ni más ni menos de lo que lo habían hecho antes. La petición de matrimonio, que aún se confiaba en que se produjera, no llegaba. Entonces, ocurrió algo alarmante. A través de Mr. Macgregor, llegó al Club la noticia de que Verrall abandonaría dentro de poco Kyauktada. La policía militar permanecería allí, pero otro oficial reemplazaría a Verrall, aunque nadie sabía cuándo sería eso. Elizabeth vivía con una incertidumbre tremenda. Lo que era seguro es que si finalmente tenía que marcharse, él le diría algo definitivo en breve. No se atrevía siquiera a preguntarle si tenía planeado partir; lo único que podía hacer era esperar a que él hablase. Verrall no dijo nada. Una tarde, sin previo aviso, no apareció por el Club. Pasaron dos días sin que Elizabeth le viera.