Los dias de Birmania
Los dias de Birmania Aquello era horrible, pero no se podía hacer nada para remediarlo. Verrall y Elizabeth habían sido inseparables durante semanas, y sin embargo no habían dejado nunca de ser dos perfectos desconocidos. Verrall se había mantenido apartado de los demás y ni siquiera había llegado a poner un pie en la casa de los Lackersteen. No le habían tratado lo suficiente como para ir a buscarle a su bungalow dak, o mandarle alguna nota. No se le volvió a ver tampoco pasando revista por la mañana en el maidan. Sólo podían esperar pacientemente a que él decidiera hacer acto de presencia. Y cuando lo hiciese, ¿pediría finalmente a Elizabeth que se casara con él? ¡Naturalmente que sí! Elizabeth y su tía, a pesar de no haber llegado a confesarlo abiertamente, creían en ello como si fuera un artículo de fe. Elizabeth aguardaba su próximo encuentro con una impaciencia casi penosa. ¡Ojalá que volviese en menos de una semana! Si salía a montar con él tres o cuatro veces más, o incluso dos podía ser suficiente, todo saldría a la perfección. ¡Ojalá viniese a buscarla pronto! ¡Era impensable que se presentara sólo para despedirse de ella! Las dos mujeres bajaban al Club cada tarde y se quedaban allí sentadas hasta bien entrada la noche, creyendo oír los pasos de Verrall afuera mientras fingían no estar pendientes de eso. Sin embargo, el teniente no aparecía. Ellis, que era perfectamente consciente de lo que sucedía, observaba a Elizabeth divertido. Lo peor de todo era que Mr. Lackersteen no hacía más que molestar últimamente a Elizabeth. Se había vuelto muy agobiante. Incluso delante de los criados la abordaba y comenzaba a pellizcarla y acariciarla de la manera más repugnante. La única defensa que le quedaba a la muchacha era amenazarle con decírselo a su tía. Afortunadamente, Mr. Lackersteen era demasiado imbécil para darse cuenta de que nunca se habría atrevido a contárselo.