Los dias de Birmania

Los dias de Birmania

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A la tercera mañana, Elizabeth y su tía llegaron al Club justo a tiempo de librarse de un violento chaparrón. Llevaban un rato sentadas en el salón, cuando oyeron unas botas chapotear por el pasillo. Los corazones de ambas se aceleraron al pensar que podía tratarse de Verrall. Entonces, un joven entró en la estancia, desabrochándose un largo impermeable. Debía rondar los veinticinco años y era robusto, sonriente, vivaracho, con mofletes, poca frente, el pelo del color de la mantequilla y, como descubrirían más tarde, una risa ensordecedora.

Mrs. Lackersteen emitió unos sonidos incomprensibles; estaba confundida de la decepción. A pesar de eso, el joven las saludó haciendo gala de su bonhomía inmediatamente. Era una de esas personas que se comportan con una confianza pasmosa con todo el mundo.

—¡Hola, hola! —dijo—. Aquí llega el príncipe de las hadas. Espero no molestar. ¿No estaré interrumpiendo una reunión familiar o algo por el estilo?

—No, en absoluto —dijo Mrs. Lackersteen desconcertada.

—Pues es que se me ocurrió pasarme por aquí y echar un vistazo, ya saben. Para ir haciéndome al whisky local y demás. Sólo llevo aquí desde anoche.

—¿Está usted destinado aquí? —preguntó Mrs. Lackersteen perpleja, pues no esperaban a ningún forastero.


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