Los dias de Birmania

Los dias de Birmania

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Flory apenas prestaba atención intermitentemente. Tenía conciencia de haberse levantado, puesto de rodillas y murmurado “Amén” al final de oraciones interminables, y sentía a Ellis dándole codazos y susurrándole blasfemias escondiéndose detrás del libro de himnos. Se encontraba demasiado feliz para concentrar sus pensamientos. El infierno se rendía ante Eurídice. La luz amarilla se colaba a través de la puerta abierta y doraba la ancha espalda de Mr. Macgregor, cuyo traje de seda parecía un paño de oro. Elizabeth, al otro lado, estaba tan cerca de Flory que él podía oír cada crujido de su vestido y sentir, o eso le parecía a él, la calidez de su cuerpo. Sin embargo, no la miró ni una sola vez, por miedo a que los demás se dieran cuenta. El armonio carraspeó igual que si estuviera enfermo de bronquitis cuando Mrs. Lackersteen lo llenó de aire con el único pedal que funcionaba. Sonó un tanto irregular, entrecortado. Mr. Macgregor ponía toda su buena voluntad al entonar el himno; los europeos movían los labios y farfullaban la letra, mientras que los cristianos nativos tarareaban en voz baja, pues se sabían las melodías pero no el texto.





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