Los dias de Birmania
Los dias de Birmania —¡Pike-san pay-like! ¡Pike-san pay-like! SÃ, a ése me refiero… ¡Flory, Flory! —lo pronunciaba Porley—. Es ése que está ahà sentado, el del pelo oscuro. ¡Date la vuelta y mÃrame, cobarde! ¿Dónde está el dinero que me prometiste?
Chillaba como una loca. Todos la miraban atónitos, incapaces de hacer o decir nada. TenÃa la cara empolvada, el pelo grasiento le caÃa por la espalda y su longyi estaba andrajoso. ParecÃa una de las fulanas del bazar. Flory se quedó helado por dentro… ¡Dios, Dios! ¿Lo habÃan entendido todos, habÃa entendido Elizabeth que ésa era la mujer que habÃa sido su amante? Era imposible que no lo hubiesen comprendido; más que imposible. HabÃa gritado su nombre insistentemente una y otra vez. Al oÃr la familiar voz, Fio salió de debajo del banco, correteó por la nave y movió la cola cuando llegó hasta Ma Hla May. La muy desgraciada estaba contando a voces y con todo detalle lo que Flory le habÃa hecho.
—¡Miradme, hombres blancos, y también vosotras, mujeres blancas! ¡Mirad lo que me ha hecho! ¡Mirad los que harapos que tengo que vestir por su culpa! ¡Y él ahà sentado fingiendo que no me conoce, el muy cobarde y mentiroso! Si por él fuera, dejarÃa que me muriese de hambre a la puerta de su casa como un perro. Pero ya me ocuparé de abochornarte delante de todos. ¡Vuélvete y mÃrame! ¡Mira este cuerpo que has besado mil veces…, mÃralo…, mÃralo!