Los dias de Birmania
Los dias de Birmania Comenzó entonces a rasgarse la ropa, la mayor ofensa que una birmana puede concebir. Mrs. Lackersteen se dio la vuelta para no ver aquello, y al hacerlo golpeó el armonio, que emitió una especie de chillido. La gente recobró el sentido y comenzó a reaccionar. El sacerdote, que había estado todo el rato gimoteando sin conseguir nada, recuperó la voz.
—¡Saquen a esta mujer de aquí! —exclamó bruscamente.
La cara de Flory estaba pálida como la cera. Tras la primera impresión, se había quedado de espaldas a la puerta, apretó los dientes e hizo como si la cosa no fuera con él. Pero fue inútil, del todo inútil. Estaba amarillo y el sudor le brillaba en la frente. Francis y Samuel, realizando puede que la primera acción digna de tenerse en cuenta de sus vidas, se levantaron enseguida de su banco y agarraron a Ma Fila May por los brazos y la arrastraron afuera mientras seguía chillando sin cesar.
Cuando por fin dejaron de escucharse sus gritos, la iglesia se quedó completamente en silencio. La escena había resultado tan violenta, tan desagradable, que todos quedaron muy afectados. Incluso Ellis parecía indignado.