Los dias de Birmania
Los dias de Birmania El doctor se hincó de rodillas, rasgó la camisa de Flory y apretó la oreja contra su pecho. El rostro de Veraswami reflejó una tremenda angustia y, agarrando al muerto por los hombros, lo sacudió, como si la mera violencia pudiese reanimarlo. Un brazo cayó inerte fuera de la cama. El doctor lo volvió a posar donde estaba, y entonces, con la mano muerta entre las suyas, rompió a llorar. Ko S’la permanecía de pie junto a la cama, con su cara morena compungida y arrugada. El doctor se levantó y, perdiendo la compostura por un momento, se apoyó contra uno de los postes de la cama y sollozó ruidosamente, de un modo grotesco, dándole la espalda a Ko S’la. Le temblaban sus gruesos hombros. Por fin logró recomponerse y se volvió hacia el criado.
—¿Cómo ocurrió?
—Oímos dos disparos. Lo hizo él mismo. No sé por qué.
—¿Cómo sabes que lo hizo a propósito? ¿Cómo tienes la seguridad de que no fue un accidente?
Por toda respuesta, Ko S’la señaló el cadáver de Fio. El doctor reflexionó unos instantes, y luego, con sus manos hábiles y suaves, envolvió el cuerpo en la sábana y la ató por los pies y la cabeza. Una vez muerto, la marca de nacimiento se había desvanecido completamente, quedando apenas una ligera mancha gris.