Los dias de Birmania

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Se llamó al camarero y se pidió el “refrigerio líquido”. Hacía incluso más calor que antes, y todos tenían mucha sed. Mr. Lackersteen estaba a punto de pedir que le sirvieran una copa, pero cuando sintió la mirada de su mujer sobre él, rectificó y dijo malhumorado “no”. Se sentó con las manos sobre las rodillas, observando con una expresión que rayaba lo patético a Mrs. Lackersteen tragar un vaso de limonada con ginebra. Mr. Macgregor, a pesar de haber sido él quien firmó la factura de las bebidas, tomaba limonada sola. Era el único de todos los europeos de Kyauktada que cumplía la norma de no beber antes de la puesta de sol.

—Me parece muy bien —farfulló Ellis, los antebrazos sobre la mesa y jugueteando con su vaso. La disputa con Mr. Macgregor le había dejado inquieto de nuevo—. Me parece muy bien, pero mantengo lo dicho. ¡Nada de nativos en este Club! Es porque cedemos en pequeñas cosas como éstas que hemos arruinado el Imperio. Este país se pudre de sedición porque hemos sido demasiado blandos con ellos. El único sistema posible es tratarles como la escoria que son. Es un momento crítico, y necesitamos conservar hasta el último resto de prestigio. Tenemos que permanecer unidos y decir, «¡Nosotros somos los señores, y vosotros, pordioseros…» —Ellis apretó su pequeño pulgar como si estuviera aplastando un gusano— «vosotros, pordioseros, quedaros donde estáis!»


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