Los dias de Birmania

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—Es todo este orden público que hemos traído —dijo entristecido. La ruina del Imperio por culpa de tantas leyes era un tema al que acudía con frecuencia Westfield. Según él, nada excepto una rebelión a gran escala y la consiguiente imposición de la ley marcial, podía salvar al Imperio de la decadencia—. Demasiado papeleo. Los babus locales son los que de veras manejan actualmente este país. Aquí no tenemos nada que hacer. Lo mejor que podemos hacer es coger nuestros bártulos y dejarles que se pudran.

—No estoy de acuerdo, en absoluto —dijo Ellis—. Si quisiéramos, podríamos poner las cosas en su sitio en un mes. Sólo hace falta un poco de coraje. Fíjate en Amaritsar. Mira cómo se hundieron después de aquello. Dyer supo qué era lo que había que darles. ¡Pobre Dyer! Vaya una jugada. Quedan algunos cobardes en Inglaterra que aún nos deben unas cuantas explicaciones.

Hubo algo así como un suspiro general, igual que si en una reunión de católico-romanos se hubiera mentado a María Tudor. Incluso Mr. Macgregor, que detestaba el derramamiento de sangre y la Ley Marcial, hizo un gesto de pesadumbre con la cabeza al oír el nombre de Dyer.

—¡Pobre hombre! Sacrificado por los diputados de Paget. Bueno, se darán cuenta de su error para cuando ya sea demasiado tarde.


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