Los dias de Birmania
Los dias de Birmania —¡Que si puede pasar! Por supuesto, por supuesto, pase ahora mismo. ¡Ay, Mr. Flory, qué maravilloso verle! ¿Qué quiere beber? Tengo whisky, cerveza, vermú y otros licores europeos. ¡Ay, amigo mío, cuánto ansiaba un poco de conversación con alguien culto!
El doctor era un hombre pequeño, negro, regordete, con el pelo muy encrespado y los ojos redondos y crédulos. Llevaba unas gafas con la montura de acero y vestía un traje blanco que le caía muy mal, con los pantalones arrugados y doblándose como una concertina sobre sus botas negras. Su voz sonaba inquieta y rebosaba con un siseo. Mientras Flory subía los escalones, el doctor salió disparado de nuevo hacia el otro extremo de la veranda y revolvió en una fresquera grande de estaño, sacando enseguida botellas de todos los tipos. La veranda era amplia y oscura, con aleros bajos de los que colgaban tiestos con helechos, que le daban al lugar una apariencia similar a la de una cueva situada tras una catarata de luz solar. Estaba amueblado con sillones de mimbre de los que hacían en la cárcel, y a uno de los lados había una librería que contenía una biblioteca tirando a poco apetecible, principalmente libros de ensayos en la línea de Emerson, Carlyle y Stevenson. Al doctor, un gran lector, le gustaba que sus libros tuvieran lo que él llamaba un “contenido moral”.