Los dias de Birmania
Los dias de Birmania Ambos se rieron. Tenían la suficiente confianza como para reírse de vez en cuando del extraño inglés del doctor. Puede que, en el fondo de su corazón, el doctor se sintiera algo defraudado porque Flory no había prometido proponerle para el Club, aunque se habría muerto antes que decirlo. Flory se alegraba de dejar un tema, tan incómodo que preferiría que nunca hubiera surgido.
—Bueno, tengo que irme. Adiós, por si no le veo ya. Espero que todo salga bien en la asamblea general. Macgregor no es un mal tipo. Me atrevo a decir que insistirá en que se le elija a usted.
—Esperemos que así sea, amigo mío. Con eso puedo desafiar a cien U Po Kyins. ¡A un millar! Adiós, amigo mío, adiós.
Flory se ajustó su sombrero terai y se fue a casa para desayunar cruzando el deslumbrante maidan, aunque la larga mañana de bebidas, tabaco y conversación le había quitado el apetito.