Que no muera la aspidistra

Que no muera la aspidistra

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El señor Erskine le miró de reojo antes de continuar:

—Poesía, ¿eh? Hum. ¿Poesía? ¿Cree que se puede vivir de la poesía?

—Bueno, vivir, lo que se dice vivir, no. Pero ayuda.

—Hum, ya. Espero que sepa usted lo que hace. Si alguna vez necesita trabajo, venga a vernos. Siempre será bien recibido. Esta empresa necesita gente como usted. No lo olvide.

Gordon se marchó de la agencia con la terrible sensación de haberse comportado con perversa ingratitud. Pero tenía que hacerlo, tenía que liberarse de las garras del dinero. Constituía una gran contradicción que Inglaterra se hallara atestada de jóvenes que se consumían por la falta de empleo, y que a Gordon, a quien la mera invocación de la palabra «trabajo» le provocaba náuseas, le llovieran ocupaciones indeseadas. Eso corroboraba su convencimiento de que las cosas se alcanzan cuanto menos se desean. En cualquier caso, las palabras del señor Erskine se le quedaron grabadas en la memoria. Lo más probable es que fuese sincero al afirmar que le ofrecería un puesto de trabajo si se decidía a regresar. Así pues, solo había quemado sus naves parcialmente. La New Albion representaba su condena pasada y futura.


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