Que no muera la aspidistra
Que no muera la aspidistra Pero ¡cuán feliz se había sentido al principio en la librería del señor McKechnie! Por un tiempo, muy breve en realidad, vivió el espejismo de que se había desembarazado definitivamente de las garras del dinero. Por descontado, el negocio de los libros era tan fraudulento como cualquier otro, pero ¡qué fraude tan distinto! Sin prisas, éxitos ni pelotilleos; ningún ambicioso podría soportar más de diez minutos el ambiente anquilosado del negocio libresco. En cuanto al trabajo en sí, resultaba muy sencillo. Consistía, básicamente, en pasar diez horas al día en la tienda. El señor McKechnie no era un mal tipo. Era escocés, desde luego, y, como buen escocés, tenía sus manías. Al menos, no era avaro, si bien destacaba por su holgazanería. También era abstemio y miembro de alguna secta protestante no anglicana o algo por el estilo, pero esto a Gordon no le importaba lo más mínimo. Gordon llevaba cerca de un mes trabajando en la librería cuando salió a la luz Ratones. ¡Al menos trece publicaciones hicieron la reseña!, y el Times Literary Supplement afirmó que tenía visos de ser una «promesa excepcional». Tuvieron que pasar meses para que Gordon se percatara del rotundo fracaso que su libro, Ratones, significaba.