Que no muera la aspidistra
Que no muera la aspidistra Le había llevado más de una hora arreglarse. La vida social es muy complicada cuando los ingresos de uno no sobrepasan las dos libras semanales. Se había afeitado penosamente con agua fría después de comer. Se había puesto su mejor traje, que, a pesar de tener tres años, todavía podía llevarlo si se acordaba de alisar los pantalones bajo el colchón. Había dado la vuelta al cuello de la camisa y se había colocado la corbata de forma que no se viera la parte desgastada del cuello. Con la punta de una cerilla, había arañado suficiente betún de la caja para abrillantar los zapatos. Incluso había pedido prestado a Lorenheim aguja e hilo para remendar los calcetines, una tarea de lo más tediosa, pero era mejor que tiznar con tinta las zonas de los tobillos que los agujeros dejaban a la vista. También se había procurado una cajetilla de Gold Flake vacía, y había colocado en ella un cigarrillo solitario extraído de una máquina expendedora. Un mero acto para guardar las apariencias. Por descontado, no se podía ir a casa de nadie sin cigarrillos. Con que solo quedara uno en la cajetilla, era suficiente, pues la gente deducía que había estado llena en algún momento. Resultaba muy fácil fingir que la escasez se debía a un descuido.
—¿Quiere un cigarrillo? —Y se lo ofreces a alguien elegido al azar.
—Oh, gracias.
Luego abres la cajetilla y finges sorpresa.