Que no muera la aspidistra
Que no muera la aspidistra ¡Qué agradables eran los días invernales en que no sopla el viento! Era la mejor época del año, al menos así lo creía Gordon en aquellos momentos. Se sentía todo lo feliz que se puede estar sin fumar en todo el día y con solo dos peniques y medio y un joey en el bolsillo. Era jueves y la librería solo abría por la mañana, por lo que Gordon tenía la tarde libre. Se dirigía a casa del crítico Paul Doring, que vivía en Coleridge Grove y organizaba veladas literarias.