Que no muera la aspidistra
Que no muera la aspidistra Cortante y amedrentador el viento barre
los chopos arqueados, ahora desnudos.
En realidad, esa tarde no corría el más mínimo soplo de aire; más bien parecía un apacible día de primavera. Gordon, por el puro placer de escucharlo, repitió en un susurro, con cierto ritmo, los versos del poema que había comenzado el día anterior. En aquellos momentos, los versos le satisfacían plenamente. Era un buen poema o lo sería cuando estuviera terminado. Había olvidado que la noche anterior casi le había enfermado.
Los árboles dormitaban inmóviles, empañados por tenues guirnaldas de niebla. El estruendo de un tranvía retumbó lejos, muy abajo. Gordon remontó la cuesta de Malkin Hill, haciendo crujir a su paso las hojas secas que, crepitantes y doradas, cubrían por completo el suelo; recordaban los copos crujientes de algún cereal norteamericano, como si la reina de Brobdingnag[9] hubiese derramado su paquete de cereales Truweet por toda la colina.
