Que no muera la aspidistra

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«Cortante y amedrentador el viento barre…». Ahora sentía que podía terminar el poema cuando se le antojase. Resultaba curioso comprobar cómo la mera perspectiva de acudir a una velada literaria le motivaba. Cuando tus ingresos ascienden a dos libras semanales, los eventos sociales brillan por su ausencia. Incluso admirar el interior de una casa ajena constituye todo un acontecimiento. Un mullido asiento bajo tus posaderas, té y cigarrillos, el olor de mujeres… Ese tipo de cosas se aprecian mejor cuando uno carece de ellas. En la práctica, sin embargo, las veladas de Doring nunca cumplían las expectativas de Gordon. Este imaginaba conversaciones maravillosas, ingeniosas y eruditas que nunca tenían lugar, o ni siquiera se iniciaban. De hecho, no ocurría nada que remotamente pudiera calificarse de conversación, tan solo el cacareo estúpido que se produce en toda reunión, ya sea en Hampstead o en Hong Kong. En las veladas de Doring, jamás había conocido a nadie que mereciese la pena. El propio Doring era un león tan sarnoso que sus secuaces a duras penas podían ser calificados de chacales. Buena parte de sus contertulios eran señoras de mediana edad con el cerebro de una gallina que, recién escapadas de buenos hogares cristianos, intentaban hacerse un hueco en el mundo literario. Las estrellas de la reunión eran los grupitos de jóvenes y brillantes engendros que se quedaban por espacio de media hora, formaban sus propios corrillos y hablaban entre risitas tontas sobre otros jóvenes y brillantes engendros a los que se referían mediante apodos. La mayoría de las veces, Gordon pululaba sin participar en las conversaciones. Doring, bastante descuidado en sus modales, solía presentarlo como «Gordon Comstock, ya sabes, el poeta. Sí, hombre, el que escribió ese libro de poemas tan genial llamado Ratones». Pero Gordon jamás se había topado con nadie que lo reconociera. Los jóvenes y brillantes engendros lo catalogaban de un solo vistazo y lo desdeñaban. Rondaba la treintena, se le veía avejentado y era evidente que no tenía dinero. Y, sin embargo, pese a los invariables desengaños, ¡con qué impaciencia anhelaba aquellas tertulias literarias! Constituían una ruptura de su soledad. Ese es el peor de los estragos que la pobreza lleva aparejada: la soledad. Día tras día sin hablar con una persona inteligente; noche tras noche en una habitación cochambrosa, siempre solo. Tal vez resulte incluso divertido si se es rico y se está muy solicitado, pero ¡cuán diferente se vuelve cuando no queda otro remedio!


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