Que no muera la aspidistra
Que no muera la aspidistra «Cortante y amedrentador el viento barre…». Una densa hilera de coches remontaba con facilidad la colina. Gordon los contempló sin un atisbo de envidia. ¿Quién quiere un coche, después de todo? Los rostros de muñecas sonrosadas de las mujeres de clase alta le observaban tras las ventanillas de los coches, con sus malditos y estúpidos perros falderos dormitando sobre sus correas. Mejor ser un lobo solitario que un chucho acobardado. Recordó las estaciones de metro por las mañanas, esas negras hordas de burócratas deslizándose bajo el suelo como hormigas en el hormiguero, esas turbas de hombrecillos laboriosos, con sus maletines negros en la mano derecha, el periódico en la izquierda y el miedo al despido alojado en el corazón. ¡Cómo les consumía ese temor oculto! Sobre todo en los días de invierno, cuando en los oídos de todos ellos resonaba la amenaza del viento. El invierno, el despido, la casa de caridad, los bancos de los muelles… ¡Ah!
Cortante y amedrentador el viento barre
los chopos arqueados, ahora desnudos,
y los negros ribetes de las chimeneas
doblan su curso; azotados por el aire
los carteles desgarrados revolotean; suena, frío,
el estrépito de trenes y de cascos de caballos,
y los oficinistas que se apresuran a la estación