Que no muera la aspidistra
Que no muera la aspidistra El corazón le palpitó al releer las palabras «algunas personas que quería presentarle». ¡Maldita suerte! Pensó en la gente que hubiera podido conocer, como editores de revistas importantes. Podrían haberle ofrecido hacer la reseña de algunos libros, o solicitarle que les mostrara sus poemas, o Dios sabe qué. Por unos instantes estuvo tentado de creer en las palabras de Doring. Era posible que le hubiesen comunicado el cambio de día, tal vez si buscaba en su memoria lo recordara; incluso cabía la posibilidad de que la carta se encontrara entre sus mugrientos papeles. No, no quería ni pensar en ello. Rechazó la tentación. Los Doring lo habían insultado deliberadamente. Era pobre y, por consiguiente, le habían insultado. Si eres pobre, la gente te insulta. Ese era su credo y debía mantenerse firme en sus creencias.
Se aproximó a la mesa y rompió la carta de Doring en pedacitos. La aspidistra se alzaba en su maceta, con su verde macilento, escuchimizada y patética en su fealdad enfermiza. Tras sentarse, se la acercó y la contempló con aire meditabundo. Entre ambos existía la intimidad del odio mutuo.
—Acabaré con vosotras, malditas —murmuró a las hojas polvorientas.
Seguidamente rebuscó entre los papeles hasta encontrar una hoja en blanco, tomó la pluma y escribió, con letra clara y pequeña, en mitad de la hoja: