Que no muera la aspidistra

Que no muera la aspidistra

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De todos modos, ¿qué posibilidades tenía de casarse con un sueldo de dos libras a la semana? ¡Dinero, dinero, siempre dinero! Lo peor de todo era que, fuera del matrimonio, no era posible mantener relaciones sexuales sinceras con una mujer. Su mente repasó los últimos diez años de su vida adulta y a su memoria acudieron los rostros de las mujeres con las que había estado. A lo sumo diez o doce, incluidas las putas. «Comme au long d’un cadavre, un cadavre étendu…»[14]. Pero todas esas relaciones, bien con mujeres decentes, bien con putas, se le antojaban miserables. Siempre comenzaban con una especie de frío interés y terminaban con un abandono vil y despiadado. También aquello se debía al dinero. Sin él no había ninguna posibilidad de mantener relaciones sinceras con las mujeres, porque no puedes escoger, tan solo aceptar lo que te ofrecen, lo cual conduce inevitablemente a querer desembarazarte de ellas. La fidelidad, al igual que las demás virtudes, se compra con dinero. El simple hecho de haberse rebelado contra el código capitalista y escapar de la prisión que implica un «buen trabajo», algo que ninguna mujer comprenderá jamás, lo abocaba a la inestabilidad y la decepción en todas sus relaciones. Al abjurar del dinero, forzosamente renegaba de las mujeres. Las únicas alternativas pasaban por servir al dios dinero o vivir sin mujeres. Y ambas resultaban igualmente imposibles.


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