Que no muera la aspidistra
Que no muera la aspidistra Sin embargo, en cierto sentido estaba convencido de que el matrimonio era necesario. Si casarse era malo, la alternativa era peor. Por unos instantes deseó estar casado, pero le resultaban más dolorosas las penalidades y las realidades que ello conllevaba. Para mayor escarnio, el matrimonio era para siempre, en las alegrías y en las penas, en la riqueza y en la pobreza, hasta que la muerte nos separe. El clásico ideal cristiano de matrimonio atemperado por el adulterio. Comete adulterio, si es preciso, pero ten la honestidad de llamarlo por su nombre. Nada de esa simplonería norteamericana de denominarla «amiga del alma». Tras la diversión hay que regresar a casa con el bigote humedecido por el jugo de la fruta prohibida y asumir las consecuencias: licoreras de cristal tallado estampadas en la cabeza, quejas continuas, comidas quemadas, niños llorando y batallas campales con la suegra. ¿Acaso este panorama es mejor que la horrible libertad? Al menos te permite tener conciencia de la realidad de tu existencia.