Que no muera la aspidistra
Que no muera la aspidistra Una muchacha que iba sola se cruzó en su camino a la altura de una farola. Era una joven proletaria, de unos dieciocho años, con el rostro sonrosado y sin sombrero, que apartó la vista con rapidez cuando se percató de que Gordon la observaba. Temía cruzarse con su mirada. Bajo el delgado impermeable de seda que llevaba ceñido a la cintura, se adivinaba su figura flexible y esbelta. Estuvo tentado de dar media vuelta y seguirla, pero ¿para qué? Ella echaría a correr o llamaría a la policía. Gordon pensó que sus días dorados se habían vuelto grises. Tenía treinta años y estaba avejentado. ¿Qué mujer que mereciese la pena se molestaría en mirarle?
¡Las mujeres! ¿Sería distinto si estuviera casado? Sin embargo, hacía mucho tiempo que había cerrado las puertas al matrimonio; solo es una trampa impuesta por el dios dinero. Muerdes el cebo, se cierra el cepo y te encuentras encadenado de por vida a un «buen trabajo» hasta que te entierran. ¡Vaya vida! Relaciones sexuales lícitas a la sombra de una aspidistra, paseos empujando el cochecito del niño y adulterios furtivos; y la esposa que te descubre y te rompe la licorera de cristal tallado en la cabeza.