Que no muera la aspidistra

Que no muera la aspidistra

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¡Mujeres, mujeres! La quieta niebla que flotaba en las calles convertía en fantasmas a los transeúntes que se hallaban a veinte metros de distancia; pero bajo la tímida luz que proyectaban las farolas se podían vislumbrar rostros de jovencitas. Pensó en Rosemary, en las mujeres en general, y en Rosemary de nuevo. Había estado pensando en ella toda la tarde. Con cierto resentimiento evocó su cuerpo menudo y vigoroso, que nunca había visto desnudo. ¡Cuán injusto es estar llenos a rebosar de deseos tan martirizantes y no poder satisfacerlos! ¿Por qué razón la sola circunstancia de carecer de dinero nos aboca a semejantes privaciones? Es algo tan natural, tan necesario, tan característico de los derechos inalienables del ser humano… Soplaba una fría aunque ligera brisa, y a medida que avanzaba por la calle oscura sintió surgir en su pecho un sentimiento extrañamente esperanzador. Se imaginaba que, en algún lugar de aquella oscuridad, una mujer lo estaba esperando. Pero sabía a ciencia cierta que ninguna mujer lo aguardaba, ni siquiera Rosemary. Habían pasado ocho días desde su última misiva. ¡La muy zorra! ¡Ocho días sin escribirle aun sabiendo lo que sus cartas representaban para él! Estaba claro que ya no significaba nada para ella, que le molestaba su pobreza, su desaliño y su constante hostigamiento para forzarla a decir que lo amaba. Lo más seguro es que ya no volviera a escribirle. Estaba harta de él, harta de su pobreza. ¿Qué otra cosa podía esperar? No podía retenerla; sin dinero no tenía ninguna posibilidad. Al fin y al cabo, lo único que ata a una mujer a un hombre es el dinero.


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