Que no muera la aspidistra

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De la bocacalle situada a escasos metros de donde se encontraba Gordon, un pequeño haz de luz atravesaba la niebla, y hasta sus oídos llegaron las voces de los vendedores ambulantes. Era Luton Road, donde dos veces a la semana había un mercado al aire libre. Gordon giró a la izquierda, en dirección al mercadillo. Acudía allí con frecuencia. La calle estaba tan atestada de gente que resultaba difícil avanzar por los pasillos, alfombrados de hortalizas, creados entre los puestos. Bajo la luz eléctrica de las bombillas, las mercancías resplandecían con sus vivos colores: trozos de carne carmesí, pilas de naranjas y brócoli verde y blanco, ojos de conejos inmóviles, anguilas vivas enrollándose en artesas esmaltadas, aves desplumadas, colgadas en hileras y que sacaban el pecho desnudo como guardias en un desfile. Gordon se animó un poco. Le gustaba el ruido, el bullicio, la vitalidad. Mientras continuaran existiendo los mercadillos, Inglaterra no estaba perdida. Pero también en aquel ambiente acusó su soledad. Grupos de cuatro o cinco chicas se arremolinaban por doquier, recorriendo ansiosas los puestos en busca de ropa interior barata y charlando alegremente con los jóvenes que las perseguían. Ninguna se fijó en Gordon. Si no fuera porque evitaban tropezarse con él, a sus ojos hubiera pasado por un ser invisible. ¡Vaya! Gordon se detuvo. Tres jovencitas contemplaban interesadas una montaña de lencería de seda estampada. Aquellos tres rostros juveniles apiñados, bajo la potente luz, parecían un ramillete de flores. Gordon se sintió conmovido. ¡Nadie le miraba, claro! Una de ellas levantó la cabeza. ¡Ah!, con suma rapidez y aire ofendido, desvió los ojos. Un delicado rubor, como una capa de acuarela, le cubría el rostro. La mirada intensa y sexual de Gordon la había asustado. ¡Ahora me rehúyen, pero antaño me buscaban! Gordon prosiguió su camino. ¡Ojalá Rosemary estuviese con él en aquellos momentos! La perdonaría por no haberle escrito, se lo habría perdonado todo con tal de que estuviese ahí. Era consciente de lo mucho que significaba para él, pues era la única mujer en el mundo que estaba dispuesta a salvarle de la humillación de su soledad.


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