Que no muera la aspidistra

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En aquel instante alzó la mirada y lo que vio le provocó un vuelco en el corazón. Apartó los ojos con brusquedad; seguramente no era más que su imaginación. Pero no, no se había equivocado. ¡Era Rosemary!

Bajaba por el callejón entre los puestos, a unos veinte o treinta metros de donde él estaba. Sus deseos se habían materializado. Ella aún no le había visto. Su figura menuda y garbosa iba aproximándose, abriéndose paso entre el gentío y la inmundicia del suelo, con el rostro apenas visible bajo el ala de su sombrero chato y negro, que llevaba calado hasta las cejas, parecido a los sombreros de paja de los chicos de Harrow. Gordon avanzó hacia ella y la llamó.

—¡Rosemary, eh, Rosemary!

Un hombre con delantal azul, que manoseaba filetes de bacalao, se volvió para mirarle. Rosemary no le había oído debido a la algarabía. Gordon volvió a llamarla.

—¡Rosemary!

Tan solo les separaban unos metros. Ella se sobresaltó y alzó la vista.

—¡Gordon! ¿Qué haces aquí?

—¿Y tú?

—Iba a verte.

—¿Cómo sabías que estaba aquí?

—No lo sabía. Siempre tomo este camino. Me bajo en la estación de Camden Town.


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