Que no muera la aspidistra
Que no muera la aspidistra En alguna ocasión Rosemary había ido a visitar a Gordon a Willowbed Road. La señora Wisbeach le anunciaba con acritud que una joven deseaba verle; entonces bajaba las escaleras y salían a pasear juntos. La señora Wisbeach jamás permitió que Rosemary pusiera los pies en la casa, ni siquiera en el vestíbulo. Era una de sus reglas. Por la manera en que la señora Wisbeach hablaba de las mujeres, se desprendía que para ella eran ratas apestosas. Gordon agarró del brazo a Rosemary y la atrajo hacia sí.
—¡Rosemary, qué alegría verte! Me sentía tan terriblemente solo. ¿Por qué no has venido antes?
Ella apartó la mano de Gordon y retrocedió unos pasos. Bajo el ala ladeada de su sombrero le lanzó una mirada cargada de reproche.
—¡Suéltame! Estoy muy enfadada contigo. Después de la estúpida carta que me mandaste he estado a punto de no venir a verte.
—¿Qué estúpida carta?
—Lo sabes muy bien.
—No, no lo sé. Salgamos de aquí y vayamos a algún sitio donde podamos hablar. Por aquí.