Que no muera la aspidistra

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Gordon la tomó del brazo, pero ella se soltó de nuevo, aunque siguió junto a él. Rosemary caminaba con pasos más rápidos y cortos que los de Gordon. Y, a su lado, Rosemary resultaba tan extremadamente menuda, vivaracha y juvenil que a Gordon se le antojó un animalillo ágil como una ardilla que brincaba a su lado. Lo cierto es que Rosemary era casi tan alta como Gordon y pocos meses más joven que él. Sin embargo, nadie la hubiera descrito como una solterona rayana en los treinta, lo que era en realidad. Tenía una constitución fuerte y ágil, el cabello negro y abundante, la cara menuda y triangular y las cejas muy pronunciadas. Su rostro era un tanto delgado y paliducho, aunque de marcado carácter, como los de los retratos del siglo XVI. La primera vez que se la contemplaba quitarse el sombrero constituía toda una sorpresa, pues de la coronilla de su cabellera negra asomaban tres canas que parecían alambres plateados. Rosemary nunca se había preocupado por quitarse esas tres canas, algo, por otro lado, muy característico en ella. Todavía se consideraba una jovencita, y la gente así lo creía. No obstante, de cerca las huellas que el tiempo había comenzado a labrar sobre su rostro se apreciaban con nitidez.




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