Que no muera la aspidistra

Que no muera la aspidistra

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Ahora que tenía a Rosemary a su lado, Gordon caminaba con paso decidido. Se sentía orgulloso de ella. La gente la miraba y, por extensión, también a él. Ya no era invisible para las mujeres. Como de costumbre, Rosemary vestía con bastante elegancia, cosa sorprendente con solo cuatro libras a la semana. Sobre todo le gustaba el sombrero que llevaba, uno de esos chatos, de fieltro, tan de moda, que imitaban de forma burlesca a los de los clérigos; le parecía que el sombrero irradiaba una frivolidad muy particular. Aunque resultaba difícil de explicar, el modo en que se ladeaba armonizaba seductoramente con las curvas del trasero de Rosemary.

—Me gusta tu sombrero —le dijo Gordon.

Rosemary no pudo evitar que en la comisura de los labios le asomara una leve sonrisa.

—Es bonito —contestó, propinando al sombrero un ligero manotazo.

Sin embargo, todavía fingía estar enfadada. Ponía especial cuidado en que sus cuerpos no se rozaran. Tan pronto como salieron del mercado, se detuvo y miró a Gordon con aflicción.

—¿Qué has querido decir escribiéndome esas cosas? —le preguntó.

—¿Qué cosas?

—Eso de que te he roto el corazón.

—Pues la verdad.

—¿Te parece justo?


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