Que no muera la aspidistra

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—Tal vez no, pero lo siento así.

Pronunció aquellas palabras con cierta jocosidad, lo que provocó que Rosemary mirara con mayor atención su semblante pálido y envejecido, su cabello desmarañado y su aspecto hundido y descuidado. El corazón se le ablandó al instante, pero frunció el ceño, preguntándose el motivo de tanto abandono. Ahora estaban más cerca el uno del otro. Gordon puso las manos sobre sus hombros; ella se lo permitió y lo rodeó con sus brazos, estrechándole con fuerza, movida en parte por el afecto y en parte por la exasperación.

—¡Gordon, eres un ser despreciable! —dijo Rosemary.

—¿Por qué?

—¿Por qué no te cuidas un poco? Pareces un espantapájaros. ¡Mira lo ajadas que están tus ropas!

—Se corresponden con mi situación económica. No se puede vestir con elegancia con dos libras semanales.

—Eso no es razón para que parezcas un saco de retales, ¿no te parece? Mira el botón de la chaqueta, está partido por la mitad.

Palpó el botón roto y de repente le levantó la descolorida corbata de Woolworth. Su intuición femenina le había llevado a adivinar que no tenía botones en la camisa.


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