Que no muera la aspidistra

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—¡Aquí también! Ni un solo botón. ¡Eres terrible, Gordon!

—Ya te he dicho que esas cosas no me molestan. No tengo maña con los botones.

—¿Y por qué no me los das para que te los cosa? Fíjate, hoy ni siquiera te has afeitado. ¡Eres incorregible! Al menos podrías tomarte la molestia de afeitarte todas las mañanas.

—No puedo permitirme ese lujo —respondió con malicia.

—¿Qué quieres decir, Gordon? Afeitarse no cuesta dinero, ¿verdad?

—Por supuesto que sí. Todo cuesta dinero: la limpieza, la honestidad, la energía, el respeto a uno mismo, todo. El dinero lo es todo, te lo he dicho un millón de veces.

Lo abrazó de nuevo con una fuerza sorprendente y lo miró irritada, estudiando sus facciones como una madre contemplaría el rostro de un niño gruñón al que, por algún extraño motivo, le tiene gran afecto.

—¡Debo de estar loca! —exclamó.

—¿Por qué?

—Porque te quiero.

—¿Me quieres?

—Claro que sí. Sabes que te adoro. Soy una idiota sin remedio.


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