Que no muera la aspidistra
Que no muera la aspidistra —SÃ, pero pronto. No me refiero a este preciso momento, pero sà enseguida, en cuanto surja la oportunidad. ¡Dime que lo harás!
—No puedo prometerte nada.
—Solo tienes que decir sÃ, Rosemary. ¡Por favor!
—No.
Sin dejar de acariciarle el rostro, invisible en la oscuridad, Gordon recitó unos versos:
Veuillez le dire donc selon
Que vous estes benigne et doulche
Car ce doulx mot n’est pas si long
Qu’il vous face mal en la bouche…
—¿Qué significa?
Gordon se lo tradujo[15].
—No puedo, Gordon, simplemente no puedo.
—Di que sÃ, Rosemary, ¡serÃa tan maravilloso! Es tan fácil decir sà como no.
—No, no lo es. Para ti es fácil porque eres un hombre. Para una mujer es diferente.
—Di que sÃ, Rosemary, es una palabra muy sencilla. Vamos, di que sÃ. SÃ.
—Cualquiera dirÃa que estás enseñando a hablar a un loro, Gordon.
—¡Maldita sea! No te burles.