Que no muera la aspidistra

Que no muera la aspidistra

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—¿Por qué?

—No sé, puedes haber cambiado de opinión. Después de todo, yo no soy exactamente la respuesta a las plegarias de una joven. Tengo treinta años y aparento bastantes más.

—¡No seas absurdo, Gordon! Ni que tuvieras cien años. Sabes perfectamente que tenemos la misma edad.

—Sí, pero tú no estás echada a perder como yo. Rosemary frotó su mejilla contra la de él y sintió la aspereza de su rostro sin afeitar. Sus vientres se hallaban muy juntos. Gordon pensó en los dos años que llevaba deseándola sin haber podido gozar de ella. Con los labios pegados al oído de Rosemary, Gordon preguntó:

—¿Vas a acostarte conmigo algún día?

—Sí, algún día lo haré, pero no ahora.

—Siempre me dices lo mismo. Hace dos años que escucho la misma respuesta.

—Lo sé, pero no puedo evitarlo.

Gordon la apretó más contra el muro, le quitó aquel absurdo sombrero y enterró el rostro en su pelo. Era una tortura hallarse tan cerca de ella y no poder hacer nada. Le puso la mano bajo la barbilla y levantó el rostro menudo de Rosemary hacia el suyo para contemplar sus facciones en aquella oscuridad casi absoluta.

—Dime que lo harás, Rosemary. ¡Sería tan hermoso! ¡Por favor!

—Sabes que lo haré algún día.


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