Que no muera la aspidistra

Que no muera la aspidistra

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Encontraron una callejuela bastante oscura a la que daban las partes traseras de las casas. Todos sus escarceos amorosos se producían en sitios semejantes. Solo en las calles podían procurarse un poco de intimidad. Gordon la empujó suavemente contra los ásperos ladrillos del muro. Ella levantó su rostro hacia él con celeridad y le abrazó con un cariño ansioso y violento, como si fuese una niña. Y, sin embargo, aunque sus cuerpos se hallaban estrechamente unidos, un muro se interponía entre los dos. Ella lo besó como lo haría una chiquilla, por la simple razón de que tenía que corresponder al beso de Gordon. Siempre sucedía lo mismo. Solo en contadas ocasiones Gordon conseguía despertar en Rosemary el deseo físico; pero ella parecía olvidarlo y Gordon siempre debía volver a comenzar. Al estrechar el cuerpo menudo y torneado de Rosemary, Gordon apreció cierta actitud defensiva. Ella anhelaba conocer en qué consistía el amor físico, pero al mismo tiempo la asustaba. Temía que destruyera el mundo juvenil y asexuado en el que había elegido vivir.

Gordon apartó sus labios de los de ella para hablar.

—¿Me quieres? —le preguntó.

—Claro que sí, tonto. ¿Por qué siempre me preguntas lo mismo?

—Porque me gusta oírtelo decir. Dudo de tus sentimientos hasta que me dices que me quieres.


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