Que no muera la aspidistra

Que no muera la aspidistra

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Sin embargo, no deseaba una muerte física propiamente dicha. Desde el día en que se despertó en aquella celda de la comisaría, algo extraño se había apoderado de él. Tenía la sensación de que ese malestar nocivo y beligerante que sobreviene tras las borracheras se había convertido en un hábito. Aquella noche de juerga había marcado el inicio de un período de su vida y lo había arrastrado hacia abajo con sorprendente rapidez. Antes de aquella noche, había luchado contra el imperio regido por el dinero, aunque siempre conservó cierto vestigio de decencia; ahora, quería escapar precisamente de esa decencia. Deseaba ocultarse en las profundidades de algún mundo donde el decoro no tuviera la menor importancia, cortar los hilos que lo mantenían encadenado a su autoestima, irse a pique, «hundirse», como había dicho Rosemary. En su mente, lo asociaba todo con la idea de estar «bajo tierra». Se complacía en pensar en la gente desahuciada, marginada: rateros, mendigos, criminales, prostitutas… Ese mundo se le antojaba perfecto, con sus penas y sus miserias. Se consolaba con la creencia de que bajo el mundo capitalista existía un gran cenagal donde fracaso y éxito carecían de significado, una especie de reino de fantasmas donde todo daba igual. Anhelaba pertenecer a ese reino fantasmal, lejos de toda ambición. Le reconfortaba imaginar que todas esas nebulosas barriadas que proliferaban en el sur de Londres eran vastos desiertos dejados de la mano de Dios donde poder perderse para siempre.


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