Que no muera la aspidistra

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Y, en cierto sentido, su nuevo trabajo encajaba con bastante precisión con esas aspiraciones. Allí, en Lambeth, en invierno en las tenebrosas calles frecuentadas por bebedores de té cuyos rostros color sepia aparecían difusos por la bruma, allí se sentía «sumergido», hundido. No tenía el menor contacto con el dinero o la cultura. Nada de cultivados que le exigieran que estuviera a la altura, nadie que le preguntara con esa insolencia tan propia de la gente adinerada: «Con su inteligencia y educación, ¿qué hace usted en un puesto como este?». Simplemente, formas parte del arrabal y el resto de sus moradores no te cuestionan. Los jóvenes de ambos sexos y las latosas señoras de mediana edad que acudían a la biblioteca raramente se percataban de que Gordon era una persona culta. Tan solo era «el tío de la biblioteca» y, en consecuencia, uno de ellos.









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