Que no muera la aspidistra
Que no muera la aspidistra Naturalmente, el trabajo era de una sencillez asombrosa. Consistía en estar sentado diez horas al día, excepto los jueves, que solo eran seis, entregar los libros, apuntarlos en el registro y cobrar los dos peniques. El resto del tiempo no había nada que hacer salvo leer. En la calle desierta tampoco había nada digno de contemplación. El principal acontecimiento del día se producía cuando el coche fúnebre abandonaba la funeraria de al lado; y, si aquello despertaba el interés de Gordon, era porque el pelaje de uno de los caballos que tiraban del coche del difunto iba adquiriendo gradualmente un tono entre marrón y morado. Pero, cuando no había clientes, ocupaba la mayor parte del tiempo en leer aquella basura de tapas amarillas que constituía el principal activo de la biblioteca. Esos libros se podían leer en una hora y, en aquellos momentos, su lectura era lo que mejor se adaptaba a sus circunstancias. Constituían una auténtica «literatura de evasión». Nunca pensó que existieran libros cuya lectura exigiera menos esfuerzo intelectual; en comparación, hasta las películas requerían mayor desgaste mental. Y así, cuando algún cliente solicitaba un título de cualquier género, ya fuera «erótico», «policíaco», «salvaje oeste» o «romántico», Gordon se hallaba preparado para aconsejarle con acierto.