Que no muera la aspidistra

Que no muera la aspidistra

🎯 ¿Cansado de los anuncios?
Elimínalos ahora 🚀

El señor Cheeseman no era un mal jefe, siempre y cuando uno tuviera claro que, aunque trabajase hasta el día del Juicio Final, nunca conseguiría un aumento de sueldo. Huelga decir que sospechaba que Gordon le birlaba algún dinerillo de la caja. Tras un par de semanas, ideó un nuevo sistema de registro por el que controlaba a la perfección los libros prestados y, por extensión, las ganancias del día. Sin embargo, nada impedía que Gordon prestara libros por su cuenta y no los registrara, por lo que la posibilidad de que le estuviera escatimando seis peniques e incluso un chelín al día continuaba atormentándole, como el guisante bajo el colchón de la princesa. No obstante, no era un hombre tan desagradable como parecía, pese a su aspecto de enano siniestro. Todas las noches, tras cerrar la librería, el hombre se acercaba a la biblioteca para recoger las ganancias del día y se quedaba un rato charlando con Gordon, momentos que aprovechaba para contarle con sus risitas ahogadas y guiños de complicidad sus últimas triquiñuelas. De todas estas conversaciones, Gordon fue colocando las piezas del rompecabezas que conformaban la historia del señor Cheeseman. Se había iniciado en el mundo de los negocios con una tienda de ropa de segunda mano, que constituía su verdadera vocación, por llamarlo de alguna manera, y la librería la había heredado de un tío suyo hacía tres años. Cuando se hizo cargo de ella, no era más que una tienda mugrienta que ni siquiera tenía estanterías y donde los libros, polvorientos, se apilaban en monstruosos montones en completo desorden. De vez en cuando, algún coleccionista o algún bibliófilo se dejaba caer por allí porque, entre tanta morralla, cabía la posibilidad de encontrar algún ejemplar valioso; pero el principal negocio consistía en vender noveluchas escalofriantes de segunda mano a dos peniques el volumen. Al principio, el señor Cheeseman se había hecho cargo de esa montaña de basura con verdadero disgusto. Detestaba los libros y no veía qué beneficio podía sacar al comerciar con ellos. Todavía conservaba la tienda de ropa usada, que había dejado en manos de un encargado, y anhelaba regresar a su negocio tan pronto como obtuviera una buena oferta por la librería. Pero, finalmente, se percató de que una librería, bien gestionada, podía reportarle cuantiosos beneficios. Tan pronto comprendió el alcance de su descubrimiento, comenzó a interesarse por la compraventa de libros. En tan solo dos años consiguió levantar el negocio hasta convertirlo en una de las mejores librerías de libros raros de todo Londres. Para él, no existía diferencia alguna entre un libro y unos pantalones usados: ambos no eran más que mercancía. Jamás había leído un libro ni alcanzaba a comprender por qué la gente quería leerlos. Su actitud frente a los bibliófilos que con tanto cariño se enfrascaban en la lectura de sus peculiares ejemplares no distaba en absoluto del frío talante que mostraría una prostituta con su clientela. Sin embargo, con solo tocar un libro sabía, como por instinto, si era valioso o no. Se sabía al dedillo las cotizaciones de las subastas y las fechas de las primeras ediciones, y poseía un olfato inaudito para las gangas. Su táctica favorita para proveerse de mercancía consistía en comprar las bibliotecas de personas recién fallecidas, especialmente de clérigos y gente de la Iglesia. Cuando se enteraba de la muerte de algún cura, el señor Cheeseman se presentaba en su casa con la rapidez de un buitre pues, según su teoría, los clérigos tienen libros excelentes y viudas muy ignorantes. Vivía encima de la tienda, no se había casado, naturalmente, y carecía de diversiones así como, al parecer, de amigos. Gordon se preguntaba con frecuencia en qué ocuparía el señor Cheeseman sus noches cuando no se hallaba a la caza de algún chollo. Se lo imaginaba en una habitación cerrada con doble cerrojo y las persianas echadas, contando pilas de monedas de media corona y manojos de billetes de una libra, que atesoraba y guardaba cuidadosamente en latas de tabaco vacías.


👉 Descargar el audiolibro GRATIS en Amazon
Reportar problema / Sugerencias

eXTReMe Tracker