Que no muera la aspidistra
Que no muera la aspidistra Deseoso de recortarle el sueldo, el señor Cheeseman provocaba a Gordon sin cesar, aunque no albergaba la menor animadversión hacia él. Algunas noches se acercaba a la biblioteca, sacaba una bolsa grasienta de patatas fritas del bolsillo y le decía:
—¿Quieres patatas?
Agarraba con tal fuerza la bolsa que era casi imposible extraer más de dos o tres patatas. Pero su gesto era amigable.