Que no muera la aspidistra

Que no muera la aspidistra

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Gordon vivía en un cuartucho inmundo situado en Brewer’s Yard, una calle paralela a Lambeth Cut. Pagaba ocho chelines a la semana por él, y se encontraba justo debajo del tejado. Con su tragaluz y su techo inclinado —la habitación tenía forma de porción de queso—, era lo más parecido a la proverbial buhardilla del poeta con que jamás hubiera soñado. Tenía una cama enorme, baja y con el cabecero roto, cubierta con un edredón harapiento de patchwork y sábanas que se cambiaban cada quince días; también había una mesa de pino, llena de cercos de multitud de teteras, una desvencijada silla de cocina, una palangana de estaño para lavarse y un hornillo de gas. No tenía alfombras y la tonalidad oscura del parquet, que nunca había sido barnizado, se debía a la suciedad. En los numerosos desgarrones del papel pintado rosa que recubría las paredes habitaban infinidad de bichos, pero como era invierno permanecían aletargados, a menos que se caldeara la habitación. Se daba por sentado que cada inquilino debía hacerse la cama, pues aunque en teoría era una de las tareas de la señora Meakin, la casera, cuatro de cada cinco días encontraba las escaleras demasiado empinadas para sus piernas. Casi todos los inquilinos se cocinaban sus paupérrimas comidas en sus habitaciones. Naturalmente, no había estufa de gas, tan solo disponía del hornillo, y dos pisos más abajo se encontraba la única letrina, enorme y pestilente, para todos los inquilinos.


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