Que no muera la aspidistra

Que no muera la aspidistra

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Incluso Ravelston, que fue a verle en una ocasión, se había puesto en su contra. Aquella visita le abrió los ojos, pues supo exactamente en qué clase de vecindario vivía Gordon. Cuando el taxi se detuvo en la esquina de Waterloo Road, una horda de chiquillos harapientos apareció como por ensalmo y todos se arremolinaron en torno al taxi como peces alrededor del cebo. Tres de ellos alcanzaron la manecilla de la portezuela y los tres la abrieron a la vez. Sus rostros sucios y serviles, enfebrecidos por la esperanza, le revolvieron el estómago. Les arrojó algunos peniques y corrió por el callejón sin ni siquiera mirarles. Las aceras estrechas estaban cubiertas de excrementos de perros, algo muy sorprendente si se tiene en cuenta que no había perros a la vista. La señora Meakin estaba cocinando pescado en algún lugar del sótano y el olor impregnaba las escaleras. Una vez en el ático, Ravelston se sentó en la silla desvencijada, con la cabeza casi rozando el techo inclinado. El fuego de la chimenea estaba apagado y la única luz provenía de cuatro velas que ardían sobre un platillo junto a la aspidistra. Gordon se encontraba tumbado en la cama destartalada, completamente vestido pero sin zapatos. Ni se movió cuando Ravelston entró. Permaneció tumbado boca arriba, sonriendo de vez en cuando, como si entre él y el techo existiese una especie de complicidad jocosa. En la habitación flotaba el hedor de los sitios que han sido habitados durante mucho tiempo sin que hayan recibido la menor limpieza. En el hogar se veían cazuelas sucias y grasientas.


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